Mis abuelos tenían un refrigerador de esos que aparecen en las películas que retratan la vida antes de la WWII. Cuando supe de él, llevaba 30 años de funcionamiento sin haber necesitado reparación o mantenimiento alguno, y siguió operando por mucho tiempo más. Yo crecí con uno que alcanzó los 10 años antes de requerir su primera reparación y que mi mamá consideraba «corriente» al compararlo con el de los abuelos.

Sin embargo, cambio de parecer cuando el técnico que lo arregló ofreció comprarlo y señaló que la tecnología del refrigerador ya no se veía, y que era muy buena. Éste mencionaba que los refrigeradores se hacían cada vez más desechables y antes de 5 años requerían una reparación costosa o cambio. Lo mismo habremos escuchado de los autos, televisores, radio, relojes, etcétera.
Algunos se referirán a esto como «obsolescencia programada«. Otros la confundirán con un deterioro acelerado de productos de mala calidad de manufactura o materiales. Lo último es el resultado de la búsqueda de competitividad a través de un precio bajo y de la producción en masa (e igualmente será confundido con el establecimiento de esa dependencia), pero no es ese modelo de negocio mencionado en el post previo. Aquí hablamos de cosas desechables por intención.

No, el modelo de negocio al que corresponde esa «obsoletización», ése que nos busca hacer dependientes, requiere productos y servicios de mejor calidad, mucho más duraderos. Quizás por esto es que resulte paradójico que se nos obligue a su desecho o cambio cuando se percibe que son útiles todavía y así la gente se resiste a su cambio o desecho.
Para ello recurre algo que, para muchos, es perverso: satisfacer una necesidad con una solución inmadura y en cuya maduración uno participa pagando varias veces su costo. Uno queda cautivo a merced de cambios impuestos simplemente para activar un flujo de efectivo que mantenga el negocio del desarrollador (a su capricho muchas veces y no tanto por el mercado en sí).
Claro, es un negocio al final y es obvio que necesita mantenerse, por lo que el desarrollador debe ver como mantenerlo activo. Aunque ello nos parezca injusto, esta la naturaleza de nuestros sistemas comerciales y pensar si está bien o no, es otro asunto. De lo que uno debe cuidarse (y eso sí es responsabilidad del cliente) es que lo que uno produzca no quede «secuestrado» (pues habrá veces hay que se tendrá que pagar por la recuperación, con el riesgo de verlo como un «rescate»). Esto es lo que escandalizó a muchos de los que tomaron las riendas del gobierno con la llegada de López Obrador al poder: el enorme gasto de dinero en licenciamiento de software; visto como corrupción y no como un costo operativo (al que muchos se acostumbraron).
Como fuere, lo cierto es que hoy en día, dada la dependencia de nuestra vidas por datos y la información que con ellos generamos, la visión sobre el software ya no es la misma. El software, si bien es valioso, puede ya no serlo tanto como los datos, pues hay hoy en día muchas más opciones para su procesamiento. Y, no sólo es el valor de los datos per se sino por el tiempo y costo de su generación.
