Describía en el post previo una situación de molestia ante la atención telefónica recibida por una persona. Algunas reflexiones adicionales.
Retomando el caso, imaginemos la situación grosso modo. Estamos frente a una página web que brinda un servicio de pago en línea. Queremos pagar pero, ya sea que esta página web nos muestre un importe a cobrar en dólares previamente a solicitar la autorización del pago con algún banco o que se nos indique que el pago no procedió porque el importe o moneda no eran los correctos, el caso es que no podemos efectuar el pago. Procedemos a reportar el problema y la respuesta del ejecutivo, rápida e inmediatamente es «se trata de un problema de su banco señor, debe verificarlo con ellos».
El enojo es lo primero que viene a nosotros, seguramente derivado de la frustración de recibir una respuesta que nos regresa el problema y con la que sabemos nuestro tiempo y esfuerzo ha sido en vano. Pero, nótese que en estos caso hay ciertos factores o elementos que determinan la reacción a manifestar. Cuando la respuesta es inmediata y detectamos que no hay ningún esfuerzo detrás que ésta, mas que buscar regresarnos el problema, evitar que quién debe resolverlo lo haga, o se busque negarlo, hay enojo. Si, por otra parte, detectamos un esfuerzo de atención a nuestro problema, ya sea por algo de tiempo de espera asociado a una posible verificación de éste o una breve razón o antecedente del porqué se nos dará cierta explicación, nuestra reacción puede ser aún de frustración pero es casi seguro que le seguirá cierta resignación o análisis de saber qué podemos hacer, inclusive si la respuesta no es del todo correcta y así pudiéramos intuirlo, la «duda razonable» puede hacer su aparición.

