Ya el otro día escribía sobre un insulto que fue tuiteado en la cuenta del INAH (N. A. nótese que describo la acción– tuitear –y hablo genéricamente de una cuenta sin dar el nombre del servicio, dando a entender y partiendo del supuesto que todos entienden que el único canal para este tipo de mensaje es Twitter) aunque, ya considerándolo en perspectiva, realmente se trató solo de una vulgaridad.
Insultar es mucho más que hacer uso de palabras altisonantes, se trata de molestar al receptor de un mensaje. Esto puede lograrse tanto con palabras altisonantes como sin hacer uso de ellas; puede hacerse con la palabra escrita, puede hacerse con sonidos, con acciones o con imágenes; puede hacerse con la presencia o ausencia de algunos de estos elementos; puede hacerse intencionalmente o por descuido pero, es al final, un fino y sutil arte que pocos dominan.
Como señalaba, se trata de molestar, no sólo incomodar sino verdaderamente hacer sentir mal a quién es objeto del insulto, buscando– creo yo –su verdadera humillación al quedar demostrado que es víctima de quien denota (o demuestra) una superioridad intelectual, de fuerza, de posición o de poder que difícilmente concede réplica. Solamente aquellos a quiénes desde el inicio logran desarmar a su oponente pueden considerarse verdaderos artistas, los demás podremos ser expertos, avanzados, intermedios u objetos de los insultos pues en el intercambio de improperios no hay novatos, simplemente hay gente que los recibe y quienes aumentan su capacidad de ataque y protección con y de éstos.
Sin embargo, también hay una tenue y delgada línea entre el más fino insulto y un mensaje muy rebuscado pues, creo, parte del insulto es que quien objeto de éste lo entienda. Si no lo entiende, si no lo descubre, no hay insulto.
Al igual que en el caso del INAH, los albures son simplemente vulgaridades, disfrazadas de juegos de palabras pero sin mayor elegancia. Hoy en día, incluso hasta en los programas familiares (ya ni que decir de los centros nocturnos) las vulgaridades están por doquier. Ya no hay humorismo inteligente.
Y esto se refleja mucho en nuestra cultura. Uno puede encontrar las mismas palabras soases, las mismas faltas gramaticales incluso, la misma vulgaridad, desde el más elegante banquero hasta el más humilde albañil, pero el insultar no es algo que requiera rudeza sino clase.
Referencias.
- Virginia Bautista, «Finuras de la lengua«, Excelsior, sección Comunidad, pág. 6, México, D.F., 2012.07.03. URL: http://excelsior.com.mx/periodico/flip-comunidad/03-07-2012/portada.pdf.



