You’ve been hacked!

Como todas las niñas de su edad, a Jadzia (6 años) le atraen los secretos. Entiende lo que la palabra implica y trata de ser partícipe de un secreto, si sabe de alguno. Ella me ha demostrado que es capaz de guardar un secreto y, hasta hace poco, pensaba que si ella no podía conocer un secreto, era capaz de aceptar que dicho conocimiento, información o dato estaba vedado para ella.

No hace mucho, un fin de semana, sin embargo, creo que fui víctima de una táctica de ingeniería social de su parte para que conociera el código de desbloqueo de mi iPhone. Por supuesto, ella ignora lo que es la ingeniería social, el hackeo y todo aquello de lo que los mayores nos cuidamos. Quizás tambien no hubo tal estrategia de su parte y sólo son figuraciones de su paranoico padre pero lo cierto es que ella supo reconocer el momento para obtener algo que deseaba saber.

iPhone 3G

Todo empezó hace ya algo tiempo, quizás ya un año, cuando vio que mi celular requería un número para poder usarlo. Aunque insistió en un inicio por conocerlo le expliqué era algo secreto que sólo yo debería saber. Lo aceptó en un inicio pero no dejó de pedirlo desde entonces o de hacerme preguntas con alguna trampa para que le revelara la clave. Preguntas como «¿El último número de tu número secreto es 8 verdad?», le respondía de forma que no lo aceptaba ni rechazaba, si bien porque si lo hacía engañándola podría hacerle pensar que ya tendría en algún momento la respuesta inclinándola a probarla con el riesgo de que me bloqueara el teléfono o borrara mis datos si tuviera alguna protección activa. Si lo hacía de manera afirmativa también podría irle dando pistas y por eliminación obtener el número si es que supiera hacerlo. Al final, creo también porque algo en mi interior le gustaba tenerla intrigada, trataba de no darle información y minimizar el asunto esperando se le olvidara con el tiempo.

Pero no fue así. En dicho fin de semana,  so pretexto de enviar un correo electrónico con respuestas para obtener algunos premios de un programa de televisión, me alcanzó el teléfono y me pidió ayuda para que desde éste mandara el correo electrónico. Dado que esto era en la «madrugada de un sábado» aún estaba tratando de despertar y con la emoción del momento olvidé todo esto del número secreto. Así, mientras introducía la clave de desbloqueo no reparé en que Jadzia estaba a mi lado viendo lo que hacía. Inmediatamente después de desbloquear el teléfono me dijo: «Ya vi tu número secreto, es…» y dígito por dígito me lo repitió.

Yo habría pensado que no pasaría de ser sólo un descuido de mi parte de no ser porque en lugar de continuar con el asunto del correo electrónico comenzó a retirarse y aunque le pregunté que pasaba con éste ella sólo me dijo que «ya no importaba». Ahí fue cuando ese sentimiento de descuido pasó a ser uno de víctima.

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