De verdades y monstruos

Los adultos recurrimos a los eufemismos cuando nos incomoda decir abierta y francamente algo. Usamos los disfemismos para degradar situaciones, objetos u otras personas que igualmente nos incomodan. Esto no es algo con lo que nazcamos. Nacemos limpios, sin malicia. Poco a poco nos vamos contaminando y adecuando al mundo en el que nos desenvolvemos. Tendemos a ocultar o distorsionar la realidad, ya sea como una reacción protectora propia o porque así nos es más fácil movernos en el retorcido mundo que creamos día con día.

Me hice la idea de no mentirle a mis hijos al tratar de educarlos. Sin importar si la verdad o realidad es cruda, complicada, no entendible por ellos, austera, ruda o decepcionante, me puse como regla hablarles siempre con la verdad. Así lo he hecho con la mayoría de las cosas; claro,  he debido hacer excepciones a esta regla a fin de no destruir ciertas ilusiones y mantenerlos en «sintonía» con los niños de sus edad (como es el caso de «Santa Claus» y los «Reyes Magos»). En fin, como fuera trato siempre de decirles la verdad. Las cosas como son, ya veré como les explico o trato de hacerles más asimilable aquello por lo que preguntan o deben entender. Para mí es muy importante que confién en mi para que pueda enseñarles y prepararles para un mundo que no es inmisericorde con los no aptos o preparados.

En alguna ocasión que Miriam y los niños pasaron por mí al trabajo, ella me preguntó como había sido mi día. Contesté con un «salvando al mundo», tratando de resumir en una sola oración la satisfacción de haber tenido un día provechoso en el que fui un elemento fundamental o único en la solución a un problema. Jadzia me oyó y, desde atrás de la camioneta, escuché un «Papito, ¿tu salvaste al mundo?«, y al voltear para tratar de explicarle a lo que me refería vi todo el orgullo y asombro en sus ojos al que me rendí de inmediato. Ella preguntó como lo había hecho y traté de explicarle lo que hice. Se le veía muy emocionada y era demasiado difícil matar esa ilusión, por lo que terminé pidiéndole que guardara el secreto (lo que entendió y le encantó) para ver si de esa forma olvidaba el asunto.

Eso no fue así. Para ella su papá está todos los días luchando con fuerzas obscuras que buscan trastornar el planeta (lo cual, fríamente visto, no está muy alejado, al menos dentro de la organización de mi empleador, a lo que la gente de proyectos tratando de hacer con los sistemas de los que soy responsable). Ella ha retomado el tema en otras ocasiones, me pregunta seguido si he salvado al mundo, y aunque he tratado de explicarle a lo que me he referido con esa frase, el daño ya está hecho.

Para complicar las cosas, recientemente me expresé de un proyecto que pretende renovar el sitio web de mi empleador como «monstruo bicéfalo», disfemisticamente explayando mi frustración y decepción por lo que se está gestando. Jadzia me escuchó, preguntó que era «bicéfalo», apenas pudiéndolo pronunciar. Le expliqué que se refería a una criatura de dos cabezas. De inmediato: esa mirada, y yo me dí cuenta como me hundía más en el asunto.

Papito, ¿tu peleaste con un monstruo de dos cabezas? ¿Cómo le hiciste? -No viendo (o quizás queriendo) otra salida decídi describirle la lucha.

Ahhh, pues primero lo ví a los ojos, lo tomé por una de las cabezas. Lo puse sobre la mesa y ¡le dí sus catorrazos! -lo que, metafóricamente, podría describir lo que ocurre en las presentaciones de avance del proyecto.

¡Wow! -es lo que dijo ella, tras lo que siguió una plática sobre monstruos de dos cabezas, peleas, cabezas y lo que pasan en la tele al respecto.

En fin, ahora todo los días me pregunta por el monstruo de dos cabezas. Me pregunta cuando lo voy a matar. Espero no me pida una de las cabezas después.

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